EL TEMPLO
Sheof estaba cada vez más a merced del
sueño, había dormido fatal esa noche. “Los No-muertos son relativamente
sencillos de conjurar, el cadáver en cuestión puede haber recibido daño…” decía
a lo lejos su profesora, ella apoyaba su cara en su mano, intentando no caer
por completo en el sopor. “Los esqueletos, sin embargo, requieren más habilidad
por parte del mago que necesite de sus servicios, y suelen salirse de control
muy…” finalmente, la batalla la ganó el sueño y Sheof cayó al pupitre, profundamente
dormida.
Sheof siempre había sido de soñar
mucho, y además, muchas veces recordaba con increíble exactitud lo soñado.
Incluso, en puntuales ocasiones, tenía sueños premonitorios, aunque nunca eran
demasiado precisos, y solían ser relativos a cosas mundanas. Ésta vez, soñó con
esqueletos, jamás le había parecido que fueran tan poco intimidantes, su leve
magia de aprendiz bastaba para matar algunos desde la distancia…
Como era de esperar, la profesora la
despertó. Y, tras una bronca que escuchó como si no estuviera dirigida a ella,
la dejó en paz. Continuó la clase. A partir de aquí, Sheof se mantuvo
despierta, pero haciendo caso omiso a lo que la profesora decía. Mientras
reafirmaba su desinterés por la rama de la magia que era constituida por la invocación,
se dedicó a pensar en lo que cenaría esta noche.
Esa noche tampoco pudo dormir
correctamente, se dedicó a tumbarse en la cama y pensar sobre la vida, algo que
hacía a menudo, dado que su juventud la empujaba a ello. Hasta donde sabía,
había nacido aquí, en el templo-escuela donde había permanecido toda su vida.
Se manoseaba su largo cabello color arena mientras se preguntaba si alguna vez
había intentado salir con determinación, enseguida llegó a la conclusión de que
no, alguna vez había tenido curiosidad por lo que había fuera, pero cuando
preguntó, recibió un no tajante, y no quiso insistir más, no por falta de
interés o por deber, sino por pereza, el pecado que condenaba su profesora como
el peor de todos.
De todas formas, tenía libros, y éstos
contaban con ilustraciones espléndidas, que no dejaban demasiado a la
imaginación. Tenía amigos, pero alumnos de magia como ella, y no consideraba a
nadie cercano más que a ella misma, asimismo, tampoco había sentido ni un
atisbo de lo que llamaban “amor”.
Sheof vivía los días como hojas de
calendario, sin motivación y sin ímpetu para buscarla.
Los años pasaron y, a pesar de que la
profesora le insistía en que tenía talento, siempre había estado en la media y
tampoco se sentía mal allí, para los exámenes estudiaba lo justo para no
quedarse atrás ni repetir curso. Sin embargo, conforme los años pasaban y Sheof
aprendía más sobre el arte de la magia, comenzaba a notar algo raro en la gente
que le rodeaba, cada vez parecían menos… reales, al principio, no le prestó
atención, pero conforme crecía, ya como una adolescente conocedora de las bases
para ser una buena maga un día, pasó a tener que ignorar activamente esta
preocupación, pero a medida que la luna y el sol intercambiaban lugares en el
cielo, los pensamientos escalaban por su espalda, golpeando su nuca
insistentemente, por mucho que se propusiera eliminarlos, hasta que un día
cedió.
Al tiempo que sus compañeros salían de
la clase, Sheof pidió a su profesora si podía quedarse a hablar con ella un momento.
Cuando todos se hubieron ido, se acercó
a su profesora. Había estado con ella toda su vida, y sus charlas habían sido
frecuentes, pero en ese momento las palabras no salieron de su boca, a pesar de
llevar semi-preparado lo que quería decirle. Finalmente, logró preguntar si
algunos de sus compañeros eran ilusiones fabricadas por un mago de alto nivel.
La profesora se limitó a apuntar algo en su libreta mientras asentía. Justo
después añadió que era más que eso, todos eran ilusiones, Sheof era el único
ser viviente en el templo.
Aquella noche, Sheof soñó con fuego,
no pudo recordar nada más.
Sus botas crujieron con la nieve,
había una leve ventisca, pero hacía ya mucho tiempo que ya no sentía el frío.
Extrajo un mapa de su pequeña mochila y lo abrió una vez estuvo al refugio de
una pequeña cueva. Efectivamente, estaba siguiendo el camino correcto, por fin
conseguiría su objetivo, sin duda habían merecido la pena los años empleados.
Oyó un ruido a su espalda y se giró, un
imponente orco de las nieves se alzaba frente a él, con cerca de dos metros y
medio de estatura, brazos anchos y pelaje grueso y blanco, mostraba su fuerza
como macho dominante. Él rápidamente evaluó a su enemigo, al tiempo que se
movía a la derecha para esquivar un torpe golpe del orco fruto del ansia de
proteger su territorio. Una vez fue testigo de la torpeza de su rival,
inmediatamente lo vio como una presa, y dejó que la sed de sangre le invadiera.
Hacía ya mucho tiempo que no podía hablar, así que elevó su espada amenazando a
la criatura, y comenzó la masacre.
Sheof estaba leyendo un libro, aunque, en su estado, decir leer era
ser demasiado benevolente. Las letras se le juntaban y daba la sensación de que
nadaban en las páginas. Definitivamente, estar sola había hecho mella en su
cordura. Se rió tan fuerte que se cayó de su asiento y, una vez en el suelo,
rompió a llorar. Desde su breve charla con la profesora, ésta había estimado
que las demás ilusiones que estaban para crear ambiente y realismo eran
innecesarias, así que había suspendido su funcionamiento mientras añadía que
sería mejor para “el gasto de energía general”, Sheof no sabía qué era eso,
pero le daba pavor preguntar.
Toda la comida que tenía, ¿de dónde
salía? Siempre la tenía donde correspondía a la hora indicada pero nunca supo
de donde o por qué estaba allí, tampoco es que hubiera hecho mucho para
encontrar la razón. Sheof siempre había sabido que vivía en su propio pequeño
mundo, siempre había sido la viva imagen de la apatía, sin embargo, nunca
hubiera pensado que fuera tan literal. Había vivido toda su vida sola, rodeada
de ilusiones creadas por un mago de altísimo nivel, pero ¿por qué? ¿Por qué
ella? ¿Por qué aquí? Preguntas que, cuanto más se las hacía, más se daba cuenta
de que no tenía la respuesta.
Un día como cualquier otro, Sheof fue
a dormir normalmente, murmurando una canción de su autoría. Despertó en una
sala mayúscula, provista de muchos asientos y, escapando de la austeridad de la
mayor parte del Templo, estaba cuidadosamente decorada. Sheof presidía la mesa
en uno de los extremos, justo en frente suya, estaba su “profesora”, portando
su expresión neutra que no había abandonado desde aquel fatídico día en el que
le preguntó sobre sus compañeros.
Cuando la “profesora” observó que
Sheof estaba lo suficientemente centrada, comenzó a hablar. Sheof quiso taparse
los oídos pero ni para eso le llegó la fuerza de voluntad.
“Desde que se tiene constancia de la
magia, los magos superiores han existido. Ataviados con largas túnicas que
muchas veces cubren su rostro, son una entidad mucho más poderosa que los magos
normales. Solo hay uno en existencia, y cuando muere, utiliza el resto de su
poder para llevar a cabo una pseudo-reencarnación, creando otro ser de su misma
raza.”
“La práctica totalidad de los magos superiores
fueron personalidades importantes e influyentes de su tiempo. Algunos fueron
reyes benévolos, otros, reyes malignos, alguno hubo que se dedicó a la
medicina, muchos se dedicaron a ser ermitaños e incluso hubo uno que consagró
su existencia a la cría de especies nuevas. Sin embargo, todos ellos poseían
una cualidad común, cultivaron y atesoraron en vida un poder enorme así como
todos ganaron algún nuevo conocimiento aplicado a la magia que sus antecesores
no descubrieron. Se dice que los conocimientos nuevos que obtenían los legaban
a sus sucesores en el Templo, estructura que se cuenta que creó el primer mago
superior, al que se conoce como Sin rostro.”
“Al no tener tiempo físico para
aprender todos los conocimientos aquí guardados, cada mago superior escogía una
especialidad y se alimentaba del saber de los que vinieron antes de él. Llegada
la hora en la que el mago muriera, aunque fuera asesinado, todos guardaban
suficiente energía para crear a su sucesor, al poner en práctica la “magia de
la vida”, disciplina de la magia exclusiva de los magos superiores.”
“Así, llegamos a ti, Sheof. No eres el
primer mago superior que tiene un nivel inferior al resto, sin embargo, a pesar
de que en talento no estás en la base de la pirámide, a ésta edad eres con
diferencia la peor de la historia, la combinación de defectos que portas, y,
sobre todo, tu personalidad apática lo han hecho así. Es más, no creo que seas
capaz de producir suficiente energía en toda tu vida como para generar otro
mago superior nuevo, así pues, la raza morirá contigo.”
No pronunció las palabras duramente,
de hecho, no varió su neutro tono de voz ni tan siquiera ligeramente. Sin
embargo, Sheof sintió una losa caer sobre sus hombros, y vaya losa.
Pasó dos días llorando, dos días
durmiendo y otros dos que están fuera de su memoria. Cuando se decidió a hacer
algo, fue a la biblioteca, alumbrada con una vela, pues tras la charla, la
“profesora” le había dicho que el mantenimiento del Templo dependía de ella,
pues la energía del anterior mago superior se había acabado. Por tanto, Sheof producía una
cantidad tan mísera de energía que ni la seguridad ni la iluminación
funcionaban.
Tras algunos días alimentándose del
conocimiento de sus ancestros, llegó a la conclusión de que podía redirigir su
propia energía junto a la energía restante en el templo para llevar a cabo la
magia de la vida. Sin embargo, podía ser a cambio de su propia vida, e incluso
a costa de la destrucción del Templo, cuyos cimientos no podrían soportar
tamaña estructura y se vendrían abajo.
Sheof pasó días enteros dudando. Desde
que el Templo se nutría de ella, se sentía muy cansada, su hermoso pelo color
arena se le empezó a caer en algunas partes, dejando una melena desigual, aún
así, apenas se dio cuenta de la pérdida del pelo del que antaño tan orgullosa
estaba. Altas figuras encapuchadas protagonizaban sus sueños en su totalidad
ahora. Supuso que serían algunos de los magos superiores. La losa de su
responsabilidad tenía un sentido más real de lo que podía parecer, quizás
fueras debido a su falta de cordura, pero Sheof sentía que los magos superiores
poseyeron un poder tan enorme, que aún mucho tiempo atrás muertos, ejercían
influencia sobre ella.
Sheof no quería morir, pero a medida
que pasaban los días, vivir se le antojaba más un castigo que un bien que
preservar.
Se despertó tosiendo violentamente,
miró a su alrededor, negrura, pensó que tenía los ojos cerrados, pero no era
así, lo que bloqueaba su visión era humo, procedente de un fuego que no tardó
en percibir. Sheof salió corriendo, tropezó y cayó de boca, saboreando su
propia sangre. Bajó los escalones de tres en tres, huyendo del humo y las
flamas, el sudor perlaba su cuerpo al completo cuando alcanzó el salón, por
donde se salía al patio interior, donde supuso que estaría a salvo.
Nada más llegar al salón, una gran
viga de madera cayó en medio de él. Las astillas volaron y un gran trozo se
clavó en su pierna derecha, y le hizo retorcerse de dolor y caer de rodillas a
un suelo que le abrasó las mismas. Lentamente, se levantó y miró al frente,
horrorizada, vio una figura acercarse entre la polvareda levantada por la viga
de madera.
Un esqueleto salió de entre el humo,
las llamas se reflejaban en la blancura de su cráneo, como si el esqueleto en
sí mismo fuera un enviado del infierno, sus cuencas eran negras como el carbón
y su ojo derecho tenía una terrible
cicatriz que bajaba desde la mitad de la frente hasta el meridiano de sus
pómulos. Portaba una espada ensangrentada, una armadura de media clase y una pequeña
mochila. La invocación percibió la presencia de Sheof, y la apuntó con la
espada, desafiándola.
Sin embargo, el esqueleto no se movió.
Tampoco Sheof lo hizo. A pesar del sofocante calor, el tiempo se congeló un
instante. Sheof logró calmarse lo suficiente como para lanzar un hechizo de
rápido y partirle la pierna, tras esto, el esqueleto perdió el equilibrio y
cayó al suelo, una vez allí, fue acribillado por Sheof, siendo reducido a una
pila de huesos rotos. Sheof, aún muy asustada, cojeó hacia la salida.
Se dejó caer en la fría nieve y así
logró visualizar el lugar donde se encontraba el Templo. La cumbre de los
grandes picos nevados era una visión que quitaba el aliento. Sin embargo, Sheof
no se puedo dar el lujo de admirarla, trató de recordar si había destruido la
calavera del esqueleto, pues sabía que era la única manera de matarlos, ella
creía que sí, pero de igual forma se volvió hacia la entrada y se preparó para
atacar. Pero no se preparó para la visión del esqueleto caminando impasible a
través del humo, haciendo crujir la nieve al paso de sus botas a medio
calcinar, caminaba con un ligero bamboleo, meciendo suavemente la espada que
portaba. A Sheof se le antojó un enviado de la muerte misma. El esqueleto
comenzó a avanzar, inexorable. Sheof cayó hacia a atrás, derribada por el
miedo. Pero se rehízo lo suficiente como para apuntar con una mano temblorosa
hacia el cráneo de su enemigo, respiró hondo y atacó.
El hechizo dio en el blanco,
perforando el cráneo del esqueleto y convirtiéndolo una vez más en una pila de
huesos, solo que esta vez, solo uno estaba dañado.
Sheof se llevó la mano al pecho para
sentir como su corazón estaba desbocado. El esqueleto no había resultado ser
tan terrible como adversario, pero Sheof sabía que su imagen, su errático
caminar y su horrible cicatriz la acosarían en sus pensamientos. Sus
suposiciones se confirmaron rápidamente, pues el esqueleto comenzó a levantarse
una vez más.
Sheof vio como el cráneo del esqueleto
se recomponía, lentamente pero de manera constante. Antes de que Sheof pudiera
siquiera asimilar su miedo, el esqueleto se encontraba otra vez listo para
pelear. Su expresión inerte y neutra seguía inmutable, pero a Sheof le pareció
que sonreía.
Sheof volvió a disparar, muchos de sus
disparos fallaron, pero los que sí impactaban tenían efecto nulo, el esqueleto
se iba rearmando cada vez que era herido y Sheof estaba cada vez más cansada,
estaba al filo del desmayo cuando una viga de madera cayó desde la parte más
alta del templo, el fuego había alcanzado la cúspide del edificio.
El estruendo del impacto fue tremendo,
pero la sucesión de acontecimientos a la que dio lugar fue aún mucho mayor.
Al estar en un pico nevado, el
terrible impacto provocó una avalancha.
Antes de que Sheof recuperara la
conciencia, el esqueleto se levantó de entre la nieve, al tanto del peligro que
acababa de sortear, él sabía perfectamente que, por muy inmune que fuera al
daño físico, si quedaba atrapado bajo un manto de nieve, encontraría su final
allí. Sopesó sus opciones, decidió marcharse, el riesgo era alto y la
recompensa casi inexistente.
Sheof, terriblemente dolorida, pero milagrosamente
viva, resurgió del manto helado que había formado la avalancha.
Instantáneamente, miró hacia el Templo, solo para ver cómo era consumido por
las llamas. Las lágrimas de Sheof cayeron por sus mejillas, y bombardearon la
nieve a sus pies, ella sabía que lo había perdido todo, aún cuando no tenía
tanto por perder. Dejó de llorar y propinó un puñetazo a la nieve y quedó de
rodillas, con la frente apoyada en el suelo, con los dientes apretados,
doblegada por la losa que los magos superiores mantenían sobre ella, más aún,
el peso se había intensificado, casi podía sentirlos detrás, su mirada clavada
en la nuca. Cerró los ojos, pero sólo pudo ver al esqueleto que había arruinado
su vida, el terrible e imparable esqueleto de la cicatriz en el ojo.
En estos momentos, los héroes sacan
una voluntad inquebrantable, y se convierten en lo que son, haciéndose fuertes
frente a las dificultades.
Pero Sheof no era ninguna heroína, era
una persona débil, y lo que creció dentro de ella no fue valor o heroísmo, sino
algo mucho más oscuro.